Ti Xinachmej, 2025-2026
Somos Semilla
Una parte de lo que define el arte es la mirada. Un mismo elemento cambia dependiendo de cómo se mire, es decir, como se comprenda. En mi lengua natal, el maya peninsular o maayat’aan, ver es entender. Bix a wilik, simultáneamente significa ¿cómo lo ves? y ¿cómo lo entiendes? Para entender se mira y se descubre.
Cuando Guillermina Ortega mira o examina las fotografías de sus antepasadas, los cántaros familiares o los huipiles de sus ancestras, dichos artefactos se entienden de otra manera, hablan con otras voces, y en las manos de la artista se desdoblan en significados diversos. El metate adquiere así otro matiz y se transforma en matriz hermenéutica sobre la que se muelen consideraciones u objeciones. Lo que transforma es el acto, el “performance” que desmadeja los significados del objeto que por cotidiano se ha vuelto invisible, y que lo devela en su relación con la galería, el muro, la calle, la ciudad, la montaña, el río.
Este es el método que trasluce en la acción creativa de Guillermina Ortega, por ejemplo, en la movilización y reconstrucción del trabajo textil de mujeres nahuas y de otros pueblos originarios como dispositivo textual, iluminado por imágenes poéticas del territorio y la lengua mexicana, aquella que se llama mexicatlahtolli, mexkatl o comúnmente náhuatl.
Ahora la mirada se dirige a las fronteras interiores, a las líneas de quiebre internas de la identidad en conversación, a la vez ruidosa y tenue con las indigeneidades propias y las globales. Guillermina continúa así resignificando a las abuelas nahuas que le fueron negadas por el mestizaje occidentalista y blanqueador que, ora se acorrala, ora se despeña, pero siempre silencioso se encumbra en el quehacer cotidiano e institucional de este país.
Los materiales y los métodos de esta exploración artística son híbridos y se articulan en el cruce. Son memoria-práctica-objeto, son lienzo-espacio-territorio, son ritual cotidiano-instalación, son composición performática. El cuerpo vuelve a ocupar el lugar central como voz, como enunciado. Desde ahí se articula la metáfora en el cuadro y en las imágenes movientes la fuga.
Desde el escenario de este arte híbrido, entrecruzado, pero enraizado, Guillermina llama la atención hacia los cuerpos y las voces ignorados, ocultos por la racialización y el racismo en la genealogía mexicana de lo creativo, donde “lo indígena” fue siempre concebido como retazo para zurcir el traje nuevo del Estado-Nación emperador. Las flechas del Tizoc discursivo siguen atravesando los corazones del quehacer político, intelectual, cultural y simbólico de los pueblos originarios.
Guillermina cuestiona con su arte esta exclusión: ¿Se puede hacer arte indígena contemporáneo que atraviese fronteras mientras abreva de la raíz? ¿Se puede desde las manos y las bocas de la gente morena? ¿Desde Veracruz, desde el no-centro? ¿Desde la acción y el cuidado de los cuerpos de mujeres maduras? Sirva esta exposición y sus métodos como respuesta a estas y otras muchas preguntas.
Genner Llanes Ortiz












